miércoles, 29 de julio de 2015

A punto de salir mi nueva novela

El mundo inmenso es el título de mi nueva novela, que saldrá a la luz el 1 de septiembre, de la mano de la editorial balear Sloper. Como siempre, las publicaciones de Sloper son elegantes, con buen papel y buena tipografía. Me encanta cómo ha quedado el libro. En septiembre lo tendréis en las librerías. De momento, aquí os dejo el comienzo de la novela:

Seljuk es el nombre que me dio mi padre, Ayman me llamaron cuando hube de pasar por varón y en la casa de mi esposo, en China, soy conocida como Chew-Lian, apelativo que combina la fuerza de una montaña con la elegancia del sauce. Por cualquiera de estos nombres respondo y vestidacon todos he recorrido el Orbe, he navegado hacia Poniente hasta encontrar las montañas donde anida el Ave Roc, he remontado ríos gigantescos a través de selvas interminables. 
Soy tu hermana -o lo fui una vez antes de que me condenarais a la invisibilidad- y escapé de nuestro palacio, tu palacio, el de Murad II, rey de los otomanos, más temido que amado, más obedecido que respetado. Huí de ti y del destino que me imponías para seguir un camino inusitado, en pos del ocaso, más allá de las Columnas de Hércules, más allá del Mar Tenebroso, más allá de la Cola del Dragón, esa tierra ignota que, te asguro porque la he recorrido, es más vasta que todos los reinos del Islam juntos.

viernes, 4 de julio de 2014

Pez de jade

En mi mano, un pez de jade con más de tres mil años. Delicado, sobrio quizá por lo antiguo, perteneció a una reina enterrada al sur de Pekín. Suave. Duro. Asombrado. Verde claro, apenas dos milímetros de espesor y un dedo de largo. Pido permiso al voluntario del Museo Británico que me atiende, can I...? Me lo concede, of course, take it! El pez tiene alguna veta marrón en los bordes, leí en los paneles informativos que el jade produce una pátina terrosa que después los arqueólogos deben remover, pero olvido preguntar por ello al venerable historiador jubilado. En cambio, tiemblo. He visto a la reina, vieja y poderosa, vestida con una túnica sobria, la cara lavada, sin maquillajes ni afeites, organizar el ajuar de su futura tumba. Me acuerdo de Napoleón y los veinte siglos que nos contemplan, pero eso sucede desde lo alto de las pirámides, y aquí se trata de un pequeño pez, el colgante que la reina duda si colocar entre los exvotos de su funeral; es tan sencillo, tiene una expresión tan boba, que seguramente desmerecerá entre las ricas cerámicas, las sedas finas y la joyería de oro. 
El especialista voluntario advierte la reverencia con que tomo el pez entre las manos, quizá la confunde con temor, son piezas originales del museo, ¡no es para menos!; por eso, tal vez, me explica que el jade es una de las piedras más duras que existen, no se puede tallar a golpes de cincel y se labra por erosión, frotando. Claro, de ahí ese tacto que pide ser gozado con los labios y, aunque yo no me atrevo a hacerlo, la vieja reina, tres milenios atrás, se lo lleva a la boca y sonríe. ¿Qué ha podido recordar? ¿Quién le regaló ese colgante? Amante, sin duda, sólo los presentes de un amor secreto provocan ese efecto; la reina vuelve a la época de la hermosura, el tiempo en que fue una mujer atractiva y fiera que gobernaba a través de su esposo, y también regresa a los años en que reinó abiertamente y amó con intensidad, viuda en plena sazón y regente de un hijo inepto para los asuntos públicos.
Tenía muchos enemigos, los tiene ahora, el primero de ellos su propio nieto, el actual rey, que no sabe cómo librarse de su influencia, ella controla al ejército, ella conoce a todos los ministros mejor que nadie, ella le escoge esposas y concubinas, las más lindas, las más tontas también. Si el rey-nieto la viera en este momento, sola en su alcoba... Si la viera sentir el lejano deseo, el roce del amado clandestino que fue su refugio, su confidente y su sostén durante los años del veneno, de los niños príncipes asesinados, de la guerra palaciega; si la viera, digo, descubriría lo que yo al sostener el pez de jade: que la vieja reina no se embadurna con polvos de arroz porque cada arruga es una historia y muchas de ellas son deudoras del hombre que le regaló, hace tanto ya, aquel colgante.
Lo poso de nuevo en la mesa, renuente a dejar de tocarlo, suspiro y agradezco al historiador jubilado del Museo Británico por su atención. Mientras, la vieja reina pasa un fino cordel de seda por el ojo del pez de jade y se lo cuelga. El pez de jade, la memoria, reposará siempre con ella.

lunes, 23 de junio de 2014

Opinión de cisne

Cada mañana, una familia de cisnes se acicala en el parterre soleado que hay junto al apeadero. Padre, madre y cinco patitos feos atusan plumas y plumones, orean alas y se comen algún que otro bicho despistado que olvidó saltar de la cama al despuntar el alba, ¡se estaba tan caliente en ese edredón vivo...! Cisnes de cuellos orgullosos, que miran con soberbia a los estúpidos humanos, pobres animales sin plumas e incapaces de volar que pasan a su lado a toda prisa para tomar el tren, que les sacan una foto con el móvil para enviar a sus amigos o, quizá, a sus niños, esas criaturas a quienes apenas ven y con las que desearían sentarse al sol, atusarse plumas y plumones, comer algún que otro bicho despistado. Los cisnes desafían a los madrugadores, saben que hay envidia tras la apariencia de los ojos soñolientos que los ven, celos tras la media sonrisa de ay-que-linda-estampa. Imbéciles, los humanos. El cisne se levanta, se mueve con pesadez hacia la calzada, despacio, consciente de que su porte no es tan bueno en tierra como en el agua. Los peatones le dejan paso, cómo no hacerlo, con esa mirada altiva, ese parpar regio, esa superioridad de ave libre que tiene. Plumas, plumones, cuellos que se agitan, alas que se abren y el gran cisne camina zambo hasta el centro del asfalto, en plena curva, observa a la concurrencia y dirige desafiante el pico hacia los que esperan en el andén; el emperador de la laguna sabe que los humanos tienen miedo de los accidentes, sabe que una bestia con ruedas puede salirle al paso y terminar con sus días de nadar despreocupado, sabe que eso no les importa a los viajeros, pero que gritarán como locos, llamarán al ciento doce para atender a los heridos y a él lo echarán al contenedor de basura. Lo sabe y, aun así, se arriesga, por demostrar que él no teme a nada, por dejar claro que el mundo le pertenece tanto como a los humanos, aunque ellos posean pulgares y máquinas y móviles para sacar fotos y bestias con ruedas. El gran cisne ha decidido opinar al respecto en medio de la calzada, más bien sobre la calzada, ante los mirones que esperan en el andén, ante el perrito ladrador de polluelos y su dueño, ante la corredora que sale a entrenarse temprano, ante esa que llaman Civilización. Expresado su contundente parecer, mueve los pies palmeados y regresa a la hierba, junto a su compañera y los patitos feos.


viernes, 4 de octubre de 2013

El Tío Ramón y el cumpleaños de Kattigara

¿Quién no tiene un tío peculiar? Mi hijo, con solo siete años, tiene al menos uno y podría contar incluso tres, cada uno en su nivel de pintoresquismo. En muchas novelas, más aún cuando son sagas familiares, suele haber un Tío, con mayúsculas, que influye en mayor o menor medida al protagonista. El Tío benefactor, el crápula o el que se hace cargo del huérfano; o el Tío que aparece cual figura por encima del bien y del mal, el marino, el de los consejos, el del aguinaldo, el que lleva a pescar, el que chincha hasta límites insospechados al futuro narrador. Un Tío memorable es el de Moraes Zogoiby, en El último suspiro del Moro, de Salman Rushdie: un dandy vestido de blanco, casado por conveniencia y que siempre lleva con él a su inseparable perro disecado; hay alguna novela, como Al otro lado de la noche, de Jan van Mersbergen, que no sería concebible sin el Tío que obliga al sobrino a salir de su rutina hogareña una noche de carnaval; todo ello sin olvidar el tío protagonista por excelencia, el creado por Harriet Beecher Stowe, propietario de una cabaña que da título al libro.
La figura del Tío, en cualquier familia, tiene para los sobrinos cierto aire literario y, casi siempre, un nombre sonoro, fácil de recordar. Mi familia es generosa en la producción de este tipo de figuras, carne de cuento. Así, está el tío Damián, famoso por su buen humor y su capacidad para la parranda; o el tío Luis, de genio excéntrico y pampirolada pronta; por la otra rama destaca el tío Manuel, a quien de niña siempre imaginé —culpa de mi padre y sus historias— leyendo cómics en el barril de lo alto de un mástil, como vigía despistado en alguna expedición de Marco Polo. Pero hoy toca hablar del Tío Ramón, porque vino a rescatarme en una tarde de agobio y dolor de cabeza.
El Tío Ramón es un clásico. Como Borges, procura no leer a sus contemporáneos, y entre estos incluye a buena parte de los autores del siglo veinte, aun cuando hayan muerto antes de nacer él. Sé que hará excepción con Miguel Baquero, a quien hasta hoy desconocía, porque le he asegurado que su novela Vida de Martín Pijo es un moderno Lázaro de Tormes. Su mayor pasión conocida son los libros y, cuando vivía en Madrid, era feliz entre las casetas del libro viejo. No creo que haya leído La librería encantada, de Christopher Morley (demasiado moderna, para su gusto), mas, si lo hiciera, es posible que, de algún modo, se llegase a sentir identificado con el señor Roger Mifflin.
 «Como estás de cumpleaños», me dijo el Tío Ramón por teléfono, «te invito a una cerveza; a no ser, claro, que tengas intención de salir escopetada en cuanto den las ocho». La verdad es que sí pretendía volar a casa; estaba cansada, la tarde me había resultado agobiante, cargada de trabajo, con falta de sueño y locura de viento sur, ese que tanto nos afecta a los santanderinos —«es por la baja presión», creo recordar que decía mi difunto abuelo, «porque la sangre se expande y se sube a la cabeza, pero el cráneo se queda como está», o algo así; ¡curiosa teoría!—.
El Tío Ramón me propuso celebrar el primer año de la librería Espacio Kattigara en la barra de un bar, a ser posible uno de esos que ponen tapa, y yo mudé mis planes de estampida, pues el siroco y la pantalla del ordenador dan mucha sed. Además, ¡qué diantre!, con tanto lío como tenemos últimamente, no habíamos llegado a festejar la hazaña de haber aguantado trescientos sesenta y cinco días de libreros en plena crisis.
La primera cerveza estaba fría y mi paladar es un tanto británico para estas cosas, así que, tras un corto sorbo, me lancé sobre los canapés que nos pusieron de tapa. Proyectos, libros, qué tal el niño, cómo vais con el negocio… El Tío Ramón terminó su caña y pidió la segunda ronda cuando a mí aún me quedaba la mitad de la primera. «Así se te irá entibiando», justificó. Se conoce que servidora llevaba toda la tarde sin hablar, porque me embarqué en un monólogo apenas interrumpido por risas, exclamaciones monosilábicas y alguna que otra pregunta del Tío para soltarme aún más la lengua. Nos sacaron otra tapa, esta vez deliciosos boquerones. «Vas a perder el tren», observó el Tío Ramón. Me dio igual, bien podía ir en el siguiente, así que proseguimos la charla, trago va, boquerón viene.
«Se me pasó ir a la conferencia sobre el Quijote del martes pasado», dijo, «como estoy acostumbrado a los jueves…». Es verdad, el jueves es el día de la semana que de ordinario dedicamos a las actividades, pero en esta ocasión cambiamos el plan, para inaugurar nuestro curso de lectura y técnica narrativa con una amena exposición. El Tío Ramón se lo habría pasado bien; además, es todo un experto en la obra cervantina y tiene en el cajón unos estupendos trabajos sobre las rutas del ingenioso hidalgo.
Mientras charlábamos o, mejor, mientras lo hacía yo, los boquerones desaparecían poco a poco del plato. Cualquiera que lea esto, supondrá que el Tío Ramón se los comió en tanto que su parlanchina interlocutora le daba a la sin hueso; ¡craso error! Por difícil que parezca, demostré mi gran capacidad para hacer varias cosas al mismo tiempo, tales como beber, comer y hablar sin parar. Tras el último boquerón, callé de golpe. «¡Ostras!, ¡que me los he zampado todos!», dije, consternada. Él, con parsimonia, cogió un trozo de pan y rebañó el aceite del plato. «Ya me he dado cuenta», sonrió, y me ofreció la rebanada chorreante, «anda, toma esto, que es lo más rico».
En mi primer cumpleaños de librera, volví a ser niña. Gracias, Tío Ramón.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Por Guadalupe Limón perdí el tren...

En realidad no lo perdí, sino todo lo contrario, me pasé de parada; tres paradas, para ser exactos, y por puro milagro no me fui hasta el final de la línea. El golpe de Estado de Guadalupe Limón tuvo la culpa. Esta novela de Gonzalo Torrente Ballester logró abducirme de tal modo que, cuando quise darme cuenta, estaba en el apeadero de mala muerte de un descampado industrial sin un triste bar, ni nada que se le pareciese. Lo del bar no lo digo por dar ambientación al asunto, sino porque eran las tres menos veinticinco de la tarde y, para mi espanto, no había un tren de vuelta hasta al cabo de una hora. ¿Se imaginan ustedes el rugir de mis tripas? Llamé a casa, mas, en lugar de hallar gentil caballero que se brindase a rescatarme, topé con chascar de lengua y gruñido de quien me esperaba con hambre para sentarse a comer. "Pues ya sabes, se te quedará frío todo", me advirtió, y se quedó tan ancho. Sin un triste chicle con el que engañar la boca, no tuve otro remedio que enfrascarme de nuevo en la lectura, no sin cierto despecho hacia la obra que me había jugado tan mala pasada y también, hay que confesarlo, hacia el prosaísmo de la vida conyugal, por el que me veía condenada a aguantar mecha en aquel andén.
El golpe de Estado de Guadalupe Limón es una de las primeras novelas del maestro don Gonzalo, rescatada por la editorial Salto de Página. En su momento, fue un fracaso, tanto que ni la censura se tomó la molestia de leerla; según Torrente Ballester, "no la entendieron", porque, en realidad, es una obra que trata de la creación y destrucción de los mitos políticos y, más en concreto, el mito de Primo de Rivera y su relación con Franco. Estas, de hecho, son las auténticas claves del libro, que, no obstante, se desarrolla en una imaginaria república americana, lo cual hace que también podamos establecer comparaciones con otros caudillos. Sin embargo, explica don Gonzalo que la censura buscaba "cosa política, pornográfica o antirreligiosa", por lo que, "fuera de esto, podías decir lo que te diera la gana con la seguridad de que pasaban por encima, porque no se enteraban". Si la censura hubiese estado más lista, no habría permitido que se publicase esta obra, porque su carga política es muy poderosa, pero se disfraza de fruslería, gracias a la carga de humor con que está escrita. 
Guadalupe Limón es, por supuesto, el personaje fundamental de la novela. Primero por fastidiar a una mujer rival, después por amor, se convierte en el centro de una conspiración dirigida a desencadenar una revolución y subsiguiente golpe de Estado. Para ello eleva a la categoría de mito al difunto dictador, Clavijo, derrocado y muerto (o dejado morir, que no lo aclara) por el general Lizárraga, quien lo sucede en el poder encumbrado por la inteligencia y ambición de su esposa (la enemiga de Guadalupe). 
El golpe de Estado de Guadalupe Limón no gustó al público y fue ignorado por la crítica. Quizá, como el propio Torrente Ballester apunta, se debe a su sentido del humor, un tanto dispar del que usaban sus coetáneos en los cuarente; o puede que por sus deficiencias artísticas, a las que el maestro alude sin precisar. Es posible que el hecho de poner el acento en la rivalidad y las ambiciones de dos mujeres hermosas e inteligentes, haga perder seriedad al conjunto; cuesta creer que las frívolas motivaciones de protagonista y antagonista sean capaces de mover gentes y sangre. Sin embargo, eso le da precisamente el aire de parodia que hace de la novela una pieza muy original.
Dice Torrente Ballester que El golpe de Estado de Guadalupe Limón fue, según sus amigos, uno de sus mayores errores. Pues, señoras y señores, en aquel apeadero solitario yo lo tuve claro: ¡quién pudiera equivocarse así!

lunes, 24 de junio de 2013

Librera en la tienda de chuches...

Lo malo de trabajar en una librería es que lo paso fatal cuando llegan libros nuevos. Es como tener a un niño en una tienda de chuches y decirle que puede escoger sólo uno. Acabo de terminar STRADIVARIUS REX, de Román Piña (ed. Sloper), y no sé por qué decidirme. 

¿LOS LEOPARDOS DE KAFKA, de Moacyr Scliar? Su editora de Rayo Verde, Laura Huerga, me asegura que es un libro con el que te ríes, y la verdad es que las primeras páginas cautivan. Claro, que llevo tiempo posponiendo la lectura de EL ÚLTIMO VIAJE DEL CAPITÁN SALGARI, de Ernesto Ferreiro (Ático de los Libros), una novela deliciosa sobre la vejez de Emilio Salgari. 

Pero, ¿y los extraños relatos japoneses de EL MAGO, de Akutagawa, editados por Candaya? También me apetece EL LIBRO DE LOS VIVOS, de Juan de Madre, que el editor de Sloper me recomendó tras haber leído uno de mis manuscritos. La cosa se complica, porque acaba de llegarme el libro 10 CORSARIOS, de Tito Montero, editado por los amigos asturianos de Pez de Plata - BestiAudax; no me suele motivar la novela negra, pero... ¡está tan bien editado, tiene tan buena pinta...! Y claro, para complicarme más las cosas, encima me mandan, de Salto de Página, EL GOLPE DE ESTADO DE GUADALUPE LIMÓN, de mi admirado Torrente Ballester. 

¿Qué hago, caramba? ¿Qué hago? Todavía me voy al tren sin lectura, y eso sería el colmo, ¿no?